Un período de cambio profundo, un período de regeneración

En la vida de cualquier movimiento, el congreso es siempre un paso político muy significativo. Se trata del momento en el que se trazan las perspectivas de acción y de pensamiento para los siguientes años, de valorar el camino recorrido y de replantearse las prioridades, estrategias, instrumentos y métodos. Así, nuestro próximo congreso, el cual celebraremos a mitad de julio, será una etapa histórica por diversos motivos. 

 

En primer lugar, no podemos olvidar el complejo periodo en el que tendrá lugar. El mundo y la sociedad han sido trastornados por dos años de pandemia: en múltiples lugares del mundo se están generando conflictos dramáticos, los flujos migratorios son más intensos y las señales del cambio climático son cada vez más tangibles e innegables; mientras, nosotros ignoramos su carácter de urgencia y la estrecha interrelación con las demás crisis. Y es en este panorama en el que está emergiendo, de manera cada vez más fuerte y clara, el papel del alimento como principal responsable de la destrucción ambiental.

Esta es la razón por la que nuestro movimiento, que lleva treinta años esforzándose por garantizar un alimento bueno, justo y limpio para todos, debe tener el valor de asumir un papel político de primer plano a la hora de frenar esta vorágine de catástrofes.

El sistema alimenticio generalizado es el principal emisor de CO2 en la atmósfera: utiliza masivamente los plásticos de un solo uso que al final acabamos comiéndonos nosotros en forma de microplásticos, y consume centenares de miles de hectáreas de suelo y metros cúbicos de agua destinados no al consumo humano, sino a alimentar un derroche de alimento de proporciones inauditas, pero que la perversa lógica del mercado justifica como algo fisiológico del sistema. Todo esto es inaceptable, y es en la lucha contra estas situaciones donde, bajo mi punto de vista, nos jugamos nuestro futuro. No podemos evadir más nuestra obligación de afrontar la cuestión ambiental, debemos ir más allá de la gravísima inercia de aquellos que nos gobiernan y afirmar que el alimento es, y será, uno de los ejes políticos decisivos para regenerar nuestra relación con la tierra y garantizar un futuro de paz.    

La segunda peculiaridad del próximo congreso es que pondrá en práctica las indicaciones y motivaciones que nacieron en el seno de Chengdú respecto a la necesidad de hacer que nuestro movimiento sea más abierto e inclusivo. Estos impulsos políticos necesitan una estructura adecuada para responder ante el desafío, superando formas burocratizadas y rígidas, para conseguir culminar definitivamente la gran red que ha distinguido el trabajo de Terra Madre desde su nacimiento, y que con sus hechos ya ha revolucionado nuestro movimiento. Por ello se justifica el cambio que estamos a punto de afrontar. Esto nos permitirá abrazar y promover la diversidad de los modos de formar parte de nuestra red y practicar el propio activismo. Una diversidad que será forma y sustancia del Slow Food «a vivir»; con el objetivo de que la pertenencia y la operatividad de nuestra red no se limiten al rígido modelo asociativo típicamente occidental, sino que incluya también lo más antiguo y ancestral de nuestras comunidades. 

Por otro lado, las comunidades son la unidad de base con la que la naturaleza ha apoyado la vida en el planeta durante miles de millones de años. Comenzando con las primeras bacterias que se desarrollaron hace tres mil millones de años mediante la formación de colonias hasta llegar a las sociedades más complejas; cada forma de vida ha encontrado en la agregación y formación de comunidades una clave evolutiva de éxito. Es por esto por lo que las comunidades se caracterizan por la capacidad de saber compartir problemas, recursos, conocimientos y objetivos. También es la razón por la que son palestras de inteligencia afectiva y anarquía austera: los dos elementos fundamentales para alcanzar un bien común universal —el derecho a un alimento bueno, limpio y justo para todos— pero siempre dentro del respeto a las libertades y diversidades territoriales e individuales.

Estamos viviendo tiempos complejos y, si queremos incidir profundamente en la transformación del sistema alimenticio, deberemos abrirnos a modelos organizativos más fluidos; sin tener miedo de contaminarnos, de cruzar calles que no son las nuestras y de escuchar voces que suenan distintas. Hoy, para Slow Food, ser activista del alimento significa establecer alianzas con todos aquellos que como nosotros creen que el alimento es un punto decisivo para el futuro de la humanidad. La transformación en una fundación de participación nos permitirá acoger y reconocer formalmente estas diversidades en las maneras de formar parte de nuestra red, garantizando así aquella evolución por la que todos los movimientos y asociaciones deben preocuparse. 

En nuestro caso, la evolución se caracterizará y consolidará también mediante la transición hacia una gobernanza que deja espacio a las nuevas generaciones. De hecho, hemos de tener la capacidad de entrelazar lo nuevo con la historia; de tener consciencia de que el camino recorrido hasta hoy nos ha permitido conseguir objetivos aparentemente inalcanzables, permitiéndonos ser lo que somos. No obstante, el mundo de hoy es totalmente diferente del que vieron los inicios de nuestro movimiento. Por lo tanto, es necesario acercarnos y orientarnos por la creatividad y la intuición de nuevos integrantes capaces de interpretar el presente, para después trazar la trayectoria que permitirá el logro de las metas futuras.   

Nos disponemos a vivir un periodo de cambio profundo que invito a afrontar con alegría y satisfacción. Es cierto que el cambio es sinónimo de regeneración, de capacidad de favorecer el proceso natural de evolución llegando a extender el ciclo de vida fisiológico (nacimiento, crecimiento y decadencia) que ninguna realidad puede eludir.

Espero que mi invitación llegue incluso más fuerte y calurosa a todos aquellos que no podrán estar físicamente presentes en la cita del congreso, pero que sientan mis palabras como suyas. Porque el cambio será sustancial y duradero solo si cala en nuestra comunidad mundial a partir de las realidades locales que desde siempre han sido el humus vivo de nuestra red: lugares donde se realiza nuestro presente y donde reside nuestra posibilidad de futuro. 

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