Pollenzo rinde homenaje a la agroecología cubana

Cada vez se habla más de economía sostenible y de economía circular, y en estos años se han desarrollado más que nunca teorías que prevén un crecimiento económico que mira con atención al medio ambiente. Aun así, y todos los sabemos, se sigue haciendo demasiado poco.

Muchos de los manifiestos de los grandes encuentros políticos acaban siendo desatendidos y los esfuerzos para hacer crecer un verdadero sector ecológico se dejan en manos de la buena voluntad de los individuos en lugar de recaer en una estrategia compartida entre gobiernos. Seguimos sin ver más allá de nuestras narices y prevalece la teoría del todo aquí y ahora.

El sector agroalimentario es un ejemplo de ello: seguimos preguntándonos cómo hacer frente a los desafíos del planeta (se prevé que, en los próximos treinta años, la población pasará de los 7.500 millones a los 10.000 millones de habitantes), pero no hemos diseñado ninguna estrategia a largo plazo. Y mientras tanto, como sigue repitiendo la FAO, producimos alimentos para 12.000 millones de personas, mientras que 800 millones pasan hambre y un tercio de la producción alimentaria total se desperdicia. Esto significa que la energía utilizada para cultivar el 30 % de los terrenos de todo el mundo no se aprovecha. La solución durante las últimas décadas es la de introducir monocultivos intensivos que han generado una terrible pérdida de la biodiversidad y un preocupante debilitamiento de la soberanía alimentaria de las poblaciones rurales.

Además, hemos socavado la fertilidad de los suelos, cuya pérdida se ha visto compensada por el aumento del uso de productos químicos en la agricultura: los fertilizantes sintéticos son la fuente de emisiones del sector primario de mayor crecimiento: + 45 % en 2001 (FAO 2015). ¿Hasta cuándo? En momentos de crisis, la respuesta más incisiva y duradera radica en la educación y la formación, así como en la puesta en común de informaciones e instrumentos entre los ciudadanos, el único modo verdadero de convertirlos en parte activa del cambio.

Un caso simbólico que refuerza esta idea es la historia de Vilda Figueroa y de su esposo José (Pepe) Martínez, fallecido hace pocos meses, autores de un camino de formación comunitaria en un distrito periférico de La Habana.

Cuando llegó la gran crisis de la Unión Soviética, Cuba exportaba a Moscú cerca de un 80 % de la producción agrícola, especialmente caña de azúcar, e importaba la mayor parte de los productos alimentarios. En muy poco tiempo, todo el país se vio inmerso en una situación de gran sufrimiento y con una única perspectiva: cambiar el modelo de producción. Toda la comunidad científica cubana respondió a este gran reto, incluidos Vilda y Pepe, que encontraron en la agroecología una de las respuestas para cambiar el modo de producir alimentos. Nacida en 1941, Vilda es una investigadora licenciada en ciencias químicas y que más tarde se convertiría en directora de un programa sobre alimentación animal para el Ministerio de Medio Ambiente. A principios de la década de los años 2000 fundó junto a su esposo el Movimiento de la Agricultura Urbana y Suburbana Familiar, que tiene como objetivo garantizar la protección alimentaria de la ciudad creando y promoviendo huertos urbanos. Este valioso aporte ha contribuido a convertir a La Habana en líder mundial en agricultura urbana: actualmente cuenta con más de 8.000 hectáreas de granjas urbanas, 25.000 productores y centenares de investigadores y trabajadores.

Sin embargo, su mayor mérito es haber iniciado el Proyecto Comunitario Conservación de Alimentos, Condimentos y Plantas Medicinales, con el que el matrimonio ha enseñado a las familias cubanas las técnicas básicas para la conservación de todos los alimentos cultivados en los huertos, como el secado o la salazón. La comunidad nacida y desarrollada en torno al proyecto fue también una de las primeras en pasar a formar parte de la red de Terra Madre: Vilda y Pepe, y más tarde los promotores comunitarios formados por ellos, han participado en la asamblea de Turín desde 2004. En 2006 contribuyeron a formar un núcleo de Slow Food que en Cuba trabaja junto a este movimiento que está haciendo mucho por la difusión de los métodos agroecológicos en la isla.

Mientras tanto, el Proyecto Comunitario está poniendo remedio a la escasa variedad de la dieta cubana, enseñando a sus miembros a diversificar su alimentación cultivando directamente las materias primas. Su experiencia y sus herramientas prácticas, fáciles de comprender y de adoptar en la vida cotidiana, transmitidas con pasión y tenacidad, se han convertido en soluciones concretas para garantizar la soberanía alimentaria de las poblaciones, es decir, «el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y adecuados culturalmente, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, así como el derecho a poder decidir su propio sistema alimentario y productivo».

El 31 de mayo, Vilda será investida doctora honoris causa por la Universidad de Ciencias Gastronómicas de Pollenzo (Cn) en señal de reconocimiento por sus increíbles méritos en el ámbito agrícola y social.

 

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