¡Jambo Slow Food!

Kenia es vuestro hogar

Solo hay un modo de comprender verdaderamente a las comunidades de Slow Food. Con las palabras no basta y ni las fotos o los videos son capaces de revelar su espíritu. Es necesario encontrarse con los protagonistas en persona: las mujeres, los hombres, los ancianos y los niños que son testigos del poder de pertenecer a una red global. Ellos son los únicos que comparten no solo sus ideas y una forma única de entender la vida, sino también prácticas gastronómicas, técnicas agroecológicas, conocimientos tradicionales y seguridad emocional.

El Consejo Internacional de Slow Food —50 personas de 40 países en los cinco continentes—ha acudido a Nairobi para reunirse con la red keniata, representada durante esos días por John Kariuki Mwangi, vicepresidente de la Fundación Slow Food para la Biodiversidad, y Stanley Mwara, presidente de Slow Food en Kenia.

Durante esos días, pudimos ver el orgullo en los ojos de Jushua Maina, que a sus 89 años sigue trabajando en el huerto comunitario Ruchu, a una hora en coche de Nairobi. Allí, Slow Food ha contribuido con infraestructuras para el riego, garantizando su apoyo a la agricultura sostenible sin pesticidas ni fertilizantes y promoviendo la salud de las personas del lugar.

Fuimos testigos de la sabiduría ancestral del joven Abassa, «el doctor» que utiliza sus enormes conocimientos sobre plantas transmitidos por su padre y su abuelo para tratar a los miembros de la comunidad del huerto comunitario Gikindu.

Disfrutamos de la hospitalidad de la líder del Convivium, Nancy Wanja, quien, junto con la cocinera miembro de la Alianza de Cocineros de Slow Food Mary Chepkemoi Ondolo, nos dio a probar su saludable comida tradicional.

«Todos formamos parte de Slow Food».

En Ruchu, condado de Kandara, conocimos a las mujeres y a los hombres de un huerto comunitario de Slow Food. Allí todos pueden participar en el trabajo y compartir los productos. Cada familia tiene una pequeña parcela frente a su casa en la que cultiva verduras, legumbres, tubérculos y fruta y cría gallinas, ovejas, cabras e incluso algunas razas bovinas.

Bonaface Kaerae Ngenge es el agrónomo que dirigió la transición de la gestión del huerto hacia métodos agroecológicos: «Tengo sesenta años, pero parezco más joven porque como alimentos sanos». El huerto es una antigua plantación de café transformada para cultivar aguacates y nueces de Macadamia para la exportación. «Como ya nos autoabastecemos de alimentos, las familias pueden utilizar el dinero que ganan para lo que quieran».

Un hogar en Kenia

Gikindu, a una hora y media en coche al noreste de Nairobi, es el hogar de los miembros de una comunidad de 26 rastafaris. Ellos nos acompañaron en un viaje a través de las propiedades medicinales de las plantas que cultivan en su huerto.

Nuestro guía fue Abassa, el doctor: «La menta sirve para facilitar la digestión y una buena circulación de la sangre y para tratar inflamaciones respiratorias», nos explicaba. «El ricino tiene propiedades purificantes, pero también es terapéutico para el dolor de muelas y para la piel; la citronela puede utilizarse como agente antibacteriano o para tratar la diabetes de tipo 2; la moringa refuerza el sistema inmunitario y tiene propiedades antiedad; el hibiscus es útil para el sistema inmunitario y evita el desarrollo de tumores; la planta de la higuera es muy importante, porque es capaz de detectar agua…» y no se detuvo ahí. En la cultura rastafari no hay ningún vegetal que no tenga una función medicinal, y un paseo por el huerto vegetal parece una visita a un herbolario al aire libre en el que no utilizamos jarros de cristal o cerámica, sino que tomamos las hierbas directamente de las plantas. El huerto también ofrece sustento alimentario para la comunidad, que es autosuficiente en un 90 %.

Escuela especial Kirunguru – Feria local de semillas y alimentos

La última parada del día fue la Escuela especial Kirunguru. En ella se había organizado una exposición de semillas locales en la que se podía comprar semillas y descubrir sus propiedades. La comunidad local nos mostró una gran variedad de productos: La miel Ogiek y las semillas de calabaza de Lare son ambas Baluartes de Slow Food. El mijo figura en el Arca del Gusto y se utiliza para preparar ngaraba (rollitos) envueltos en hojas de banana. La Bututia, también en el Arca del Gusto, es una bebida fresca y revigorizante.

Beatrice Mbugua, una joven comprometida con la conservación de las semillas tradicionales y con la difusión de estos conocimientos, explicaba: «Tenemos un banco de semillas locales y trabajamos con los agricultores para preservarlas. La soberanía alimentaria depende de las semillas, y es gracias a ellas que podemos escoger nuestra comida».

¡Ciao Kenya, ciao Slow Food!
¡Esperamos veros a todos en el Terra Madre Salone del Gusto!

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