Fincas Slow para América Latina y El Caribe

Hoy queremos contarles la historia de un proyecto que nace desde la base de la red Slow Food.

Es la historia de las Fincas Slow, nacidas en Colombia y en Cuba, y que se van a difundir en toda América Latina y el Caribe. Se trata de una iniciativa para la recuperación, defensa y fortalecimiento de las fincas tradicionales campesinas e indígenas, como baluartes de la seguridad y soberanía alimentaria de los pueblos del continente americano.

Néstor Mendieta, activista de Slow Food en Colombia y líder del movimiento en Bucaramanga, nos explica como nació el proyecto y por qué es tan importante para su país.

Néstor, cuéntanos la historia de tu colaboración con Slow Food.
Mi nombre es Néstor Mendieta. Me conecté con el movimiento en el año 2012 cuando Slow Food, junto con Rimisp y la Fundación Ford, desarrollaban un proyecto de cooperación en Colombia. Debido al trabajo que realizábamos en la región del Magdalena Medio, llamado “Desarrollo con Perspectiva Alimentaria” fuimos invitados a la ExpoMovil, una exposición que tuvo lugar en el marco del Terra Madre.
Allí me involucré con la red de Slow Food, que en ese momento era muy débil en Colombia, y establecimos los primeros acercamientos para conocer la manera como la red opera en los distintos territorios.
Un año después, a partir de la visita que un grupo de representantes de Slow Food realizó a Colombia, decidimos emprender la constitución de un convivium en la región en donde vivo. Fue así como en mayo del año 2014 el convivium de Slow Food Bucaramanga fue constituido oficialmente con aproximadamente 16 miembros.
Desde entonces, hemos mantenido una dinámica constante a partir de nuestra actividad principal “El Almuerzo de la Tierra” la cual ha servido para dar a conocer el movimiento en el territorio y acercar a numerosos miembros al mismo. En la actualidad, los miembros del voluntariado somos alrededor de 30 y como parte de la red se conectan 12 comunidades del alimento. Se trata de organizaciones de productores campesinos de distintos municipios de la región que ya han decidido ser parte de la red.

¿Cuál es la situación rural de Colombia?
La situación es grave y refleja el abandono al que se tiene sometido a nuestros campesinos. Según el Censo Nacional Agropecuario, el índice de pobreza multidimensional en el campo es del 44,7 por ciento, el doble del registro total nacional, que para 2014 estaba en 21,9 por ciento y casi tres veces el urbano que se ubicaba en 15,4 por ciento. Incluso, el 11,5 por ciento de la población campesina mayor de 15 años no sabe leer ni escribir. El 83 por ciento de los productores declaró no contar con maquinaria y un porcentaje igual dijo no disponer de infraestructura agropecuaria.
Las dificultades de los campesinos han llevado a que el área destinada a cultivos permanentes haya venido aumentando mientras que los cultivos transitorios, como el maíz, la soya, la papa, el arroz, las hortalizas y las verduras, no han crecido mucho. Por ello, Colombia está importando el 28 por ciento de la comida que consume. Claramente, la fuerza de trabajo joven está abandonando el campo porque no ve allí posibilidades de futuro.
Por otra parte, si bien es cierto que en la mayor parte del territorio el conflicto armado ha cesado (ya no se producen masacres ni reclutamientos forzados y la vida de los campesinos no se encuentra en amenaza inminente) durante los años 2018 y 2019 han sido asesinados más de 200 líderes comunitarios. Al parecer, en una alta proporción de casos, los asesinatos están asociados con dos fenómenos: la restitución de tierras, que forma parte del proceso de reparación de las víctimas del conflicto armado, y las acciones de los líderes ambientalistas quienes tratan de impedir la explotación minera y energética de los territorios.

¿Las minas están amenazando el tejido rural de Colombia. Cuál es la situación y cuáles situaciones graves
amenazan la red de Slow Food?

Sin duda la minería se presenta como un factor que afecta seriamente la vida en los territorios rurales especialmente en aquellos en los que la minería no ha sido una práctica tradicional. Normalmente, las empresas mineras poseen más información que los pobladores sobre los yacimientos que se ubican en los territorios. Con frecuencia las licencias mineras se tramitan con mucha facilidad y los empresarios inician una tarea de seducción de los pequeños propietarios para que les vendan sus predios. Progresivamente, el sector agropecuario se va viendo acorralado no solo por el compromiso ambiental, representado por ejemplo en la contaminación de las aguas, sino por la pérdida de la mano de obra que se dedicaba a la producción agrícola y ahora se concentran en la minería.
La amenaza es de tal magnitud que en decenas de municipios los pobladores se han movilizado para frenar el otorgamiento de las licencias de explotación minera por medio de consultas populares, es decir, votaciones en las que la comunidad manifiesta su conformidad o no con la explotación minera en su territorio. Estas consultas chocan con la legislación colombiana ya que, según ésta, el subsuelo se considera propiedad de la nación y, por lo tanto, la explotación minera puede realizarse sin consultar a los pobladores de la localidad. En ese sentido, los sectores políticos afines a la explotación minera ya han iniciado gestiones para impedir la realización de estas consultas y el impacto que generan en la opinión pública. De esta situación se exceptúan los resguardos indígenas y los territorios de las comunidades afrodescendientes quienes sí tienen el derecho de objetar la explotación de sus subsuelos.

¿Qué es la finca veleña? Cómo funciona y cuál es su tradición en Colombia?
“La finca veleña se defiende de la minería” es una iniciativa surgida en el municipio de Vélez (departamento de Santander) que emerge como una alternativa a la amenaza de explotación minera que viene viviendo el territorio desde hace más de cinco años. Surge a partir de un movimiento conocido como “Vélez 500 años” (en referencia a la fundación del municipio en el año 1539) el cual promueve la construcción de una visión del municipio para cristalizarse en el año 2039. La finca veleña es un modelo acordado por los campesinos veleños en el que se relacionan las cualidades necesarias para que la finca sea sostenible tanto desde el punto de vista ambiental, como económico y social. A partir de allí, los campesinos se apoyan unos a otros para que sus fincas alcancen los estándares acordados. Igualmente, las organizaciones aliadas también se comprometen en la gestión de aquellos aspectos que afectan la finca pero que no están al alcance del campesino aislado. Por ejemplo, la educación para los niños del campo, los servicios de salud, las vías de comunicación y, en particular, las normas de ordenamiento territorial que los protejan de las amenazas de la explotación minera.

¿Por qué es tan importante para el contexto de los agricultores familiares de tu área?
La iniciativa de Finca Veleña fue acogida con entusiasmo por los campesinos y sus familias ya que rescata aspectos determinantes de su identidad cultural y pone de presente la importancia de su trabajo. La finca campesina veleña representa los valores tradicionales de las comunidades ligados al amor a la tierra, a las tradiciones y a la vida en comunidad. Así mismo, contribuye a realzar la importancia de la producción agrícola y alimentaria ambientalmente sustentable por encima de otras formas de explotación del territorio. Un elemento de gran importancia ha sido también el protagonismo de los campesinos ya que son ellos quienes, mediante un acuerdo colectivo, definen el modelo de finca que debe ser promovido en su territorio.

¿Cómo ha nacido el proyecto de Fincas Slow y por qué crees sea muy importante?
La experiencia de la Finca Veleña resultó inspiradora para promover acuerdos entre campesinos en distintos municipios de la región del Magdalena Medio. No obstante, resultaba evidente que amenazas como la minería o los agrocombustibles están respaldadas por fuerzas económicas muy poderosas por lo cual es necesario enfrentarlas a través de una gran fuerza social que pueda contrarrestar poderes que son claramente superiores a los de los gobiernos locales. Fue así como varias instituciones, que desde hace más de 15 años hemos trabajado juntas en el fortalecimiento de la finca campesina en esta región de Colombia, decidimos impulsar la iniciativa a la que llamamos en principio “10.000 fincas campesinas sostenibles para América Latina”. Este nombre, inspirado en la campaña permanente de Slow Food en África, rápidamente generó la idea de una multitud que busca salvaguardar sus sistemas alimentarios tradicionales. Por ello, la propuesta no solo ha implicado a los campesinos, sino también a muchos citadinos que entienden la necesidad de convertir a las fincas campesinas en un patrimonio de la ciudadanía que debe ser protegido y fortalecido para el beneficio de todos.

¿Cuántas fincas están participando? ¿Cuáles son sus características? Cuéntanos un ejemplo significativo.
En Colombia, la unidad de trabajo es el nodo local de 10.000 fincas campesinas. Se trata del grupo de campesinos y líderes sociales que promueve la iniciativa en cada municipio. El nodo debe convocar a los pobladores del municipio para que conjuntamente elaboren el modelo de finca campesina sostenible de su territorio e inicien la promoción del mismo con los propios recursos locales. En este momento, se han inscrito alrededor de 58 nodos locales ubicados en 12 departamentos distintos de Colombia. Cada nodo podría estar promoviendo la reconversión de por lo menos 300 fincas campesinas. En el caso de Vélez, por ejemplo, más de 50 campesinos forman parte de la iniciativa y, de acuerdo con sus propios criterios, ocho fincas ya han alcanzado los estándares del modelo.
Vale la pena resaltar la experiencia del municipio de Susa, en el centro del país, en el que los campesinos han mantenido prácticas de ganadería en zonas de páramo que afectan la conservación de los bosques y los nacimientos de agua. Reunidos para establecer su propio modelo, decidieron autónomamente disminuir la cantidad de reses para la cría e ir reemplazando esta actividad por el cultivo de huertas. Así mismo, se han enfocado en la recuperación de los bosques nativos y la protección del páramo para asegurar la conservación de las fuentes de agua. Cuando se les recordó que varias de estas acciones ya se las habían recomendado expertos algunos años atrás, la respuesta de una de sus líderes fue: “Sí, pero es que a la gente no le gusta que la obliguen”. Con ello, se resalta la importancia del protagonismo campesino y se hace énfasis en que la sostenibilidad empieza por el establecimiento de acuerdos desde la base de la sociedad.

¿Qué mensaje enviarías a la red SF de Cuba que está desarrollando el mismo proyecto contigo? ¿Y por qué este proyecto se debería adoptar en toda América Latina?
Para la mayoría de países latinoamericanos, la producción agrícola campesina e indígena está seriamente amenazada y carece de políticas de estado que la protejan y la fomenten adecuadamente. Cuba es una excepción. Allí, la agroecología es política de estado y a los campesinos se les garantiza el derecho a la asistencia técnica, un beneficio que, por ejemplo, solo recibe el 10% del campesinado colombiano.
Las Fincas Slow de nuestros compañeros cubanos son el resultado de un esfuerzo conjunto de una sociedad que ha colocado a la soberanía alimentaria y a la agroecología como elementos centrales de su vida. Sin duda, son una inspiración para nuestros países y es importante que quienes trabajan la tierra en Cuba sean conscientes del respeto y la admiración que se tiene por su labor en el resto del continente.
Por otra parte, a partir de un trabajo conjunto que hemos emprendido desde la red de Slow Food en Suramérica, hemos verificado que la mayor parte de nuestros países sufren las mismas amenazas a sus sistemas agroalimentarios tradicionales. Por ello, durante el encuentro celebrado en el Terra Madre de Slow Food 2018, identificamos que las fincas campesinas de nuestro continente (con los distintos nombres que asuman como milpas, shagras, chacras o parcelas) son la columna vertebral de nuestra soberanía y seguridad alimentaria y constituyen un verdadero baluarte para la sostenibilidad alimentaria de la humanidad.

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