Ellos son gigantes, pero nosotros somos multitud: cierra una granja industrial en México

Una historia con final feliz gracias a la lucha contra la violación de los derechos de los indígenas y contra los delitos ambientales

El pueblo indígena maya vive desde hace siglos en el área de Yucatán denominada actualmente reserva natural del Anillo de Cenotes, un sistema hidrológico único en el mundo. Partiendo de aquí, una red de cavernas complejas que origina ríos subterráneos, reservas de agua y lagos subterráneos llamados cenotes, abastece de agua a todo Yucatán y alberga una gran cantidad de especies animales.

Esta área protegida se ha visto recientemente en riesgo de desaparecer.

Pese a haber sido reconocida por el  Convenio de Ramsar, el año pasado las autoridades locales autorizaron la construcción de una granja industrial de más de 49.000 cerdos en el centro de la reserva, con enormes consecuencias sobre el ecosistema y sobre la vida de las personas que viven allí. De hecho, además de desestabilizar todo el equilibrio social de la zona, las consecuencias de la granja industrial en el medio ambiente —y no solo en el medio ambiente— han demostrado ser graves: basta pensar en los enormes volúmenes concentrados de estiércol que contaminaban los acuíferos locales.

«La ganadería industrial en la reserva no es ninguna novedad —explica Aliza Mizrahi, miembro local de Slow Food—, según los planes de desarrollo del gobierno, en la península de Yucatán se ha forzado un aumento de la vocación ganadera, sobre todo industrial, y el gobierno del Estado de Yucatán se enorgullece por ser el principal exportador de carne de cerdo al extranjero a través de la empresa Grupo Porcícola Mexicano. En efecto, en el año 2009 en la región había 479 granjas de cerdos, con 670.174 cabezas de ganado y 185 granjas de pollos y de pavos, con 237.814 pavos y 27 millones de pollos».

Y estos números siguen aumentando con el paso de los años.

«Las consecuencias de estas cifras —continúa Aliza— son extremadamente graves por varias razones. Pero una de las principales preocupaciones son las faldas acuíferas: en ellos se vierten todos los residuos que generan estas granjas, hablamos de miles de toneladas de material que socavan la integridad de todo el ecosistema. Actualmente todas las faldas acuíferas están completamente contaminadas debido a la enorme cantidad de granjas que existen en la zona. Afortunadamente, la gente comienza darse cuenta de la situación y presiona al gobierno para acabar con estas grandes granjas, pero el problema es demasiado grave y no basta con cerrarlas para resolverlo. Actualmente, muchas granjas pequeñas utilizan también sistemas de ganadería no sostenibles y cada vez prestan menos atención al bienestar animal. Es por esta razón que, junto con Slow Food, no solo luchamos por la clausura de las grandes granjas, sino que también buscamos sensibilizar y ayudar a los pequeños productores a mejorar sus cadenas de suministro para que puedan comenzar a marcar una diferencia real».

Con este objetivo, recientemente Slow Food y Greenpeace han organizado un Foro dedicado a la ganadería sostenible, proponiendo buenos ejemplos en el territorio mexicano, como el Baluarte del cerdo pelón de la península de Yucatán.

Y así, en la reserva del Anillo de Cenotes las cosas han empezado a cambiar. Los indígenas mayas, de hecho, no se han quedado de brazos cruzados: la lucha por el cierre de la granja comenzó casi de inmediato y fue ganando aliados progresivamente, llegando hasta la contribución fundamental de la justicia, gracias sobre todo a la asociación INDIGNACIÓN, A.C., que defiende y promueve los derechos humanos en la península de Yucatán desde hace más de 25 años.

Y en esta ocasión, la justicia ha vencido: la granja industrial ha cerrado y se ha reconocido el derecho de las poblaciones indígenas a decidir sobre su territorio.

«La lucha por ahora lleva dos años —cuenta Lourdes Guadalupe Medina Carrillo, la abogada que ha llevado y ganado la causa—. No ha sido fácil: en nuestro país la justicia o los procesos judiciales llevan mucho tiempo para resolverse, y más aún en este caso, ya que los intereses económicos eran muy elevados y se sometió a los indígenas a amenazas y riesgos. Pero la situación era verdaderamente grave, y la granja, además de causar daños, actuó de manera ilegal introduciendo a los cerdos incluso antes de tener permisos y, sobre todo, sin respetar las convenciones internacionales sobre derechos humanos y la propia Constitución mexicana, que obliga a una realizar una consulta a las poblaciones indígenas que viven en los territorios antes de sacar adelante cualquier proyecto que tenga un impacto sobre la vida de las comunidades».

Y no solo eso: en una inspección realizada se constató que la granja no contaba un adecuado sistema de tratamiento de aguas residuales. Antes de poder encontrarse legalmente en el territorio de la reserva, los cerdos ya estaban contaminando de modo irreversible el suelo y el subsuelo, por lo cual, fue urgente y necesario el cierre de esta granja y la retirada de todos los cerdos.

«El cierre de esta granja fue un gran logro —concluye la abogada Carrillo—, porque son muy pocos los casos en nuestro país en los cuales se otorga una medida cautelar con gran impacto para la protección del medio ambiente y los derechos indígenas. Además, la historia ha generado un análisis sobre el consumo y la producción de carne de cerdo en el Estado de Yucatán. Casos como el de Homún han hecho reflexionar a la población sobre el impacto negativo al medio ambiente y su futuro que está teniendo esta forma de producción. En definitiva, la historia ha infundido valor a las poblaciones indígenas locales. No es el único caso: en la península de Yucatán existen diversos movimientos que ayudan a las poblaciones indígenas a luchar por el respeto de sus derechos humanos, como el pueblo de Kinchil, que está luchando del mismo modo contra otra granja de cerdos. El consejo que da Carrillo es que se organicen. Lo más importante es una base social sólida que genere la defensa por sus derechos, su territorio y los recursos naturales. Sin miedo ante las intimidaciones o amenazas, la sociedad civil nacional e internacional está interesada en apoyar sus luchas, ¡pero debemos luchar juntos! La red marca la diferencia: juntos somos más fuertes».

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