Ecología integral – el grito de la tierra y los pobres

Discurso de CARLO PETRINI. Lunes 14 de octubre de 2019. Novena Congregación General / Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica

Estimado Papa Francisco:
Gracias por haberme invitado a esta reunión extraordinaria. Empezando por el punto 47 del Instrumentum Laboris, me gustaría hablar sobre el valor de los alimentos como elemento relacional.

A lo largo de los últimos veinte años se ha consolidado el concepto de soberanía alimentaria a nivel internacional en virtud del cual cada pueblo y cada comunidad tienen derecho a elegir qué cultivar, qué comer y cómo garantizar el acceso a los alimentos según las dinámicas de los ecosistemas.


Poder compartir alimentos fomenta la construcción de relaciones positivas, no solo con nosotros mismos, sino también con otros seres humanos y, sobre todo, con nuestra madre tierra. Es por eso que compartir tiene una función fundamental en el camino hacia la ecología integral. La comida, cuando es buena, limpia y justa, tiene un poder extraordinario que puede proteger la biodiversidad humana y natural, promover la interacción y el mestizaje y garantizar una buena salud. Este concepto y las prácticas que siguen se realizan gracias al trabajo de las personas más humildes.

¿Quiénes son los principales protagonistas de este trabajo, no solo en el Amazonas sino también en todas partes del mundo? En primer lugar, las mujeres. En la vida de cada uno de nosotros hay una madre o una abuela que a través de la educación para el consumo correcto de alimentos nos ha transmitido esa inteligencia afectiva que está en la base de nuestra existencia: la inteligencia del corazón.

Y qué decir del trabajo incomparable de los indígenas, a menudo relegado a la figura secundaria de los recolectores, una labor menos reconocida que el trabajo de los agricultores. Es un gran error considerar la función de los recolectores es inferior a la de los agricultores. Cuando los recolectores hacen su trabajo de un modo inteligente, respetando el medio ambiente, saben proteger el patrimonio forestal, salvaguardar la biodiversidad y garantizar frutos para las generaciones futuras. Todavía se desconoce una parte importante de la biodiversidad agroalimentaria en el Amazonas. No se trata solo de materias primas, sino también y sobre todo del savoir faire de los pueblos indígenas. Se les debe reconocer el mérito de haber defendido esta herencia, o «el regalo de los padres».

No bajemos la guardia: debemos asegurarnos de que un mecanismo parecido al que tiene lugar en el «frente médico» —donde las plantas y los principios activos han enriquecido a las multinacionales farmacéuticas— no quede arraigado sin reportar nada a las poblaciones. ¡Que no suceda lo mismo en el frente alimentario! Porque una humanidad que crece y necesita alimentos no puede permitir que este bien común sea explotado por unos pocos y no esté disponible gratuitamente para muchos. Por lo tanto, se deben combatir con determinación las amenazas de la agroindustria, de la centralización del poder, de los monocultivos y la agricultura intensiva, junto con la deforestación, la crisis climática y el aumento de la brecha entre ricos y pobres que se derivan de todo ello.

Vivimos en tiempos de grandes transformaciones. La comunidad mundial parece insensible al desastre anunciado. La visión alta e innovadora del Laudato Si’ —la segunda encíclica del papa Francisco— aún no se ha comprendido por completo en el mundo secular y, en gran medida, tampoco por el mundo católico. Estamos marchando alegremente hacia el abismo. Si cuando estemos al borde de este precipicio, el homo sapiens sigue comportándose así, deberá detenerse y dar marcha atrás. En ese momento aquellos que iban a la cola estarán a la cabeza. Los ancianos, los indígenas, las mujeres, los pobres y los jóvenes nos indicarán cuál es el camino y tendrán compasión de todos nosotros. Cuando llegue ese momento, a vosotros, queridos hermanos y compañeros de viaje, os insto a vivirlo con gran alegría. Después de todo, la compasión que nos hará más libres y felices no será la que podamos prodigar justamente, sino la que recibiremos con un buen ejemplo de los que ahora son considerados como los menos importantes. Hago mía la máxima de Agostino «Verba movent, ejempla trahunt». (Las palabras mueven a la acción, pero los ejemplos conducen a ella). Hoy necesitamos grandes ejemplos: este sínodo es una prueba clara de esto.

 

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