Salvemos los huertos de Yedikule de la destrucción

15 Feb 2016

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Las murallas de Estambul, con una antigüedad de 1.600 años, están rodeadas por una serie de huertos que abastecen de verdura fresca a la ciudad. Unos espacios donde las excavadoras han hecho acto de presencia durante los últimos días. La movilización de los residentes del barrio es fuerte y aguerrida, pero existe un alto riesgo de que los huertos sean arrasados definitivamente.

A lo largo de la Muralla de Teodosio existen dos grupos de huertos (en turco ‘bostans’). El primero de ellos, en el interior, ha sido ya en gran parte destruido: existía un proyecto de estacionamiento, jamás realizado: el alcalde de Estambul lo canceló tras las protestas y aseguró que el futuro del área sería planificado con arquitectos, paisajistas, especialistas del patrimonio cultural, sin mencionar, no obstante, a la parte más importante: los campesinos, que mantienen en vida este patrimonio intangible, y los habitantes del barrio.

Las recientes demoliciones, sin embargo, han tenido lugar en el segundo grupo de huertos, entre la primera y la segunda fortificación: más de 200.000 metros cuadrados cultivados por cincuenta familias. El 13 de enero las fuerzas del orden destruyeron los refugios de los agricultores y desalojaron a los vendedores de flores. La Asociación de Cultivadores de Yedikule y el Comité para la Protección de los Huertos Históricos están tratando de dialogar con las instituciones, pero la autoridad se presentó con las fuerzas antidisturbios.

En Turquía el sector de la construcción juega un papel determinante en el crecimiento económico. Barrios enteros se vacían, se desmantelan y se reconstruyen de forma incesante. De buena forma lo evoca en su última novela Orhan Pamuk: los huertos de Yedikule nos recuerdan al protagonista, el vendedor ambulante de boza, abrumado por el cambio pero tercamente encadenado a su oficio. Pero en esta ocasión no se trata del problema de una sola persona, sino de un colectivo y de una cadena comercial corta que en el resto del mundo hoy se reconoce como un modelo de transformación urbanística cuando menos moderna.

La idea de la agricultura como fenómeno rural nace sólo en el siglo XX: los habitantes de las ciudades han cultivado siempre su propia comida, sobre todo en tiempos de guerra o de crisis. El alcalde de Detroit, Hazen Pingree, en 1893 puso en marcha un programa de adiestramiento para los pobres que alentaba el cultivo en los terrenos baldíos: el “Pingree’s Potato Patches”. Este legado se recupera hoy en las periferias de ciudades californianas, en los barrios de mayoría hispana, donde los huertos escolares creados por Alice Waters se han convertido en un ejemplo de didáctica, mejorando los niveles de alimentación de las familias. En Londres existe una larga lista de espera para la concesión de parcelas urbanas que el Ayuntamiento pone a disposición para el cultivo. En Nueva York, sobre los techos de los rascacielos se siembran hortalizas que se venden a grupos de compra. De Berlín a París, a Milán, alimentar a la ciudad de forma sostenible es un desafío de futuro y ya una realidad, un fermento de iniciativas.

Aleksandar Sopov, del Centro para los Estudios Mediorientales de Harvard, ha declarado: «Estambul es la única ciudad del Mediterráneo con tal agricultura intensiva en su centro. Cerca de 300 personas producen 35 toneladas de fruta y verdura al año. No es una afición: son agricultores con un conocimiento transmitido durante generaciones».

Cuando en 2013 estallaron las protestas por Gezi Park, otro oasis verde que debía ser sustituido por el enésimo centro comercial, las quejas lograron la suspensión del proyecto, pero la represión fue violenta.

Los huertos de Yedikule nos remiten al debate sobre la defensa de los bienes comunes y su protección contra la especulación. El bien común que representan radica igualmente en la oportunidad para arqueólogos y etnobotánicos de interactuar con los cultivadores de hoy, testimonios vivos del pasado. Generaciones de hortelanos han acumulado conocimientos agronómicos específicos. Una cultura que desaparecerá si perdemos este entorno único que ha contribuido a alimentar a la ciudad del Bósforo, confín de Europa durante más de mil años.

 
De Carlo Petrini
Artículo publicado en “La Repubblica”

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