Mi Viaje desde un origen humilde hasta Slow Food

16 Jul 2022

 width=Nací en la orilla norte del lago Victoria, en Uganda, en el seno de una familia relativamente grande. Al igual que en muchos otros hogares con pocos ingresos en la región, nuestro principal sustento era la agricultura mixta en un pequeño terreno, que además cubría la mayoría de nuestras necesidades alimenticias. Enseguida comprendí la importancia de la agricultura y la producción, y además me encantaba ir con mi madre y mis hermanos al huerto. Siempre había algo que cosechar y plantar al mismo tiempo, debido a la naturaleza mixta y el intercultivo.

Por otro lado, en el colegio, la agricultura se utilizaba cada vez más como castigo para los estudiantes por simples infracciones, como llegar tarde o hablar lenguas locales en lugar de inglés durante las clases. Con todo el trabajo que tenía que hacer cada mañana en casa y el gran apego que le tenía a mi lengua local, me convertí en un visitante habitual del huerto escolar. Llegó un momento en el que empecé a hablar con los profesores para intentar convencerles de que nos dejaran trabajar en el huerto no como castigo, sino como una actividad importante, para que así los estudiantes pudieran aprender a cultivar alimentos. Quería enseñarles a mis compañeros otras habilidades y cambiar esa actitud negativa que estaban desarrollando hacia la agricultura. Por supuesto, la dirección del colegio me ignoró y me prometí a mí mismo que un día haría algo para que la agricultura se dejara de utilizarse como castigo.

Por ello, en 2006, después de inscribirme en la Universidad de Makerere en Kampaka, fundé el proyecto DISC (Developing Innovations in School Cultivation – en español, Innovación en el Desarrollo de los Cultivos Escolares) con el objetivo de trabajar con colegios y comunidades para hacer que la agricultura fuera una actividad interesante y de aprendizaje productivo en lugar de tratarla como un castigo. Mi trabajo sobre la agricultura en los colegios y el deseo de expandir las experiencias positivas me inspiraron a asumir posiciones de liderazgo en la Facultad de Agricultura y a llevar a cabo más programas de divulgación en las comunidades.

Mientras estaba en la universidad tuve una de las peores experiencias de toda mi carrera; pero también fue el punto de inflexión que me llevó a tomar una importante decisión sobre los sistemas agroalimentarios. Como estudiante muy activo en agricultura, tuve la oportunidad de trabajar en un proyecto fomentando unas semillas de maíz híbrido en el distrito de Kyankwanzi.

Se creía que esta variedad híbrida de maíz era resistente a la sequía, así que estuve trabajando con un equipo para promoverla y enseñar a los agricultores a cultivar este maíz con el objetivo de que obtuvieran una mayor producción. Estos niveles de producción solo llegarían si se utilizaban además los aportes sintéticos recomendados. Dado que los agricultores siempre están buscando formas de enfrentarse a los climas duros, muchos adquirieron estas semillas y aportes para la temporada de cultivo, preparados para plantar esta nueva variedad, que funcionaba mejor si se plantaba en áreas puras, sin el intercultivo ni los sistemas agroforestales tradicionales.

Pero a principios de la temporada de cultivo de 2007, azotó una sequía que resultó en pérdidas para los agricultores que habían destinado gran parte de los terrenos únicamente al maíz. Volví a la comunidad para encontrarme con los agricultores —ya que era una práctica habitual el comprobar, evaluar y proporcionar apoyo— y no podía creer el daño que este sistema había causado a las comunidades.

Cuando hablé con ellos, pude sentir su decepción, frustración e inseguridad. Esto me hizo reflexionar sobre cuál método de producción realmente podría funcionar para las comunidades africanas si queremos eliminar el hambre, la pobreza y la desnutrición, entre muchas otras injusticias. Tras pedir disculpas y simpatizar con los agricultores, empecé a pensar en trabajar con ellos para reconstruir un sistema local basado en recursos regionales, conocimiento y diversas prácticas agrícolas tradicionales. Efectivamente, se trataba de una regeneración a nivel local para alcanzar la resiliencia que se tuvo en el pasado.

Estaba decidido a cumplir con mi promesa a pesar de que en aquel momento no sabía demasiado sobre sistemas alimentarios sostenibles. Aún así, sí que contaba con mi experiencia de niño en nuestra pequeña granja familiar, lo que me ayudó a seguir por el camino que había elegido. Dejé mi trabajo —un trabajo muy atractivo con un proyecto bien fundado y con grandes perspectivas de futuro en el desarrollo de soluciones agroindustriales, porque veía que esas soluciones no servirían para los pueblos locales, sino que solo crearían más sufrimiento y agonía en todo el mundo— y me puse a investigar más sobre cómo reconstruir los sistemas agrícolas tradicionales basados en ecosistemas locales, y empecé a organizar sesiones de formación con algunos agricultores para reconstruir el sistema agrícola tradicional africano, uno que respetara el entorno y con un esquema de semillas basado en insumos y recursos locales.

Lo más importante es que empecé a incorporar este conocimiento en los huertos escolares que había creado y con los que trabajaba activamente. Fue mucho trabajo y muy duro, pero con el tiempo comencé a colaborar con otros estudiantes que apoyaban mi idea y entre todos proponíamos innovaciones de comunicación local, como utilizar la radio de la comunidad. También empecé a buscar otras personas y organizaciones que pudieran estar interesadas en reconstruir los sistemas alimentarios basados en la diversidad, los recursos y el conocimiento local, y a trabajar con comunidades que fueran en la misma dirección, así como con aquellos que tuvieran alguna conexión con el proyecto educativo que estaba desempeñando en los colegios.

Compartí mi inspiración y experiencia mediante plataformas de aprendizaje en internet, y así es como Slow Food me encontró. Sentí un gran alivio cuando vi que había más personas que se preocupaban por estos temas y que no estaba yo solo luchando contra gigantes. El momento realmente inolvidable de mi primer encuentro con el movimiento Slow Food y la red de Terra Madre fue cuando me invitaron a participar en Terra Madre 2008, una experiencia enriquecedora, inspiradora, regeneradora, alegre y llena de personas con las que compartir conocimientos, lo que me dio la fuerza para volver a casa y seguir luchando por crear una red más efectiva, fuerte y extendida, y para unirme al movimiento por un sistema alimentario bueno, limpio y justo. Este es el sentimiento tan apasionante de Terra Madre.

Si reflexiono sobre mi historia, me doy cuenta que hay muchos agricultores, artesanos y otros activistas de base que son de origen humilde y vienen de comunidades rurales, cuyo trabajo da un significado práctico a nuestra filosofía y convierte las ideas fundadoras de Slow Food en una realidad.

Encontrar maneras de seguir acogiendo la diversidad, el entusiasmo y la creatividad en nuestras estructuras crea un enorme bagaje de conocimiento, habilidades y experiencias diversas que enriquecen nuestro movimiento global partiendo desde niveles locales. La nueva estructura organizativa abre oportunidades para que nuestra red rompa los límites sociales y geográficos, y tenga un alcance más abierto e inclusivo.

El modelo de fundación participativa que adoptaremos a partir de julio es el resultado de un pensamiento colectivo, y nos recuerda quienes somos verdaderamente, un movimiento real de base formado por miembros que encontramos en convivia y en comunidades procedentes de cada rincón del mundo. Esto nos dará la fuerza vital para enfrentar y desafiar las complejas carencias del sistema alimentario actual, caracterizado por numerosas crisis e injusticias. Es importante que pongamos más esfuerzo y recursos para fortalecer y aumentar estas redes de base interconectadas mediante la formación y la creación de más líderes y activistas, abriéndonos a más comunidades y construyendo nuestra base de miembros en los convivia.

También es importante que abramos las puertas, nuestros corazones y nuestras mentes a colaboraciones con otros que están siguiendo el mismo camino que nosotros, creando alianzas de apoyo y otras asociaciones.

Ha llegado el momento de salir de nuestra burbuja social y geográfica y crear vínculos con aquellos que comparten la misma visión de un sistema alimentario bueno, limpio y justo, y con los que trabajan por regenerar el planeta. Esta interconexión, dentro y fuera de la red, crea un mosaico que al principio puede parecer imperfecto, pero al final las pequeñas piezas de este mosaico construyen juntas la gran imagen de un caracol, uno que es claramente visible y que está muy presente en todas las partes del mundo. Mediante una sabiduría compleja y acciones físicas, Terra Madre nos une para definir nuestra principal fortaleza.

Este camino también es muy importante para el desarrollo de nuestras redes temáticas y crea una base saludable para el intercambio de ideas sobre el desarrollo de sistemas de gestión fuertes para nuestros proyectos más importantes, pero también para actividades de base. Puede que suene complicado, pero con el Llamado a la Acción como nuestro documento guía, y con la estructura organizativa inclusiva y abierta que vamos a adoptar, estoy seguro de que nuestro camino hacia un sistema alimentario bueno, limpio y justo estará más claro.

Juntos somos más fuertes.

 

 

 

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