La biodiversidad puede salvar el planeta

25 Oct 2016


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Para llevar a cabo miles de proyectos en defensa de la biodiversidad, Slow Food necesita la ayuda de todos. El propósito de la campaña Ama la tierra – Defiende el futuro es la recaudación de fondos para sostener una agricultura mejor, en condiciones de garantizar a todos una alimentación buena, limpia y justa. Para que esta actividad pueda continuar libre e independiente, como ha sido hasta ahora, nos hace falta la ayuda de todos. Aun una donación de pocos euros es decisiva si llega de muchas personas. Solo así podremos promover una alimentación buena, limpia y justa para todos, y construir juntos un mundo mejor.

¿Pero, por qué es tan importante salvar la biodiversidad?

El 24 de junio de 2012, en la Estación Científica Charles Darwin, situada en el Parque Nacional de las Galápagos, se halló el cuerpo sin vida de George, último ejemplar de Geochelone abingdoni o tortuga de la isla Pinta. Al igual que muchas otras tortugas marinas, George era ultracentenaria, y hacía años que se sabía que estaba en peligro de extinción: su salud era supervisada constantemente y los investigadores habían realizado múltiples intentos de acoplar aquella gigántesca tortuga con hembras de otras subespecies. Pero George había mostrado siempre un cierto desinterés por el tema, hasta el punto de ganarse el apodo de “George el solitario”. Sucedió pues que aquel 24 de junio de 2012 el mundo supo en tiempo real la noticia de la extinción de una especie, comunicada por numerosos periodistas, webs, páginas sociales…

La muerte de George fue un caso extraordinario. Cuando una especie desaparece, habitualmente su extinción queda registrada solo despues de algún año, como en el caso del sapo dorado (Incilius periglenes) de Costa Rica: el último ejemplar fue avistado en 1989, y en 2004 la especie fue clasificada como extinguida en la lista de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (Uicn).

Si históricamente las extinciones se han producido desde siempre, en nuestro tiempo confluyen dos elementos peculiares: la velocidad con que se extinguen y la causa de estas extinciones. En un estudio realizado en 1992, el biólogo Edward O. Wilson llegó a determinar que las extinciones afectaban a 27.000 variedades vegetales y especies animales al año -72 al día, tres durante el tiempo de redacción de este artículo-. En lo referente a la causa, las especies sucumben con cada vez mayor frecuencia a causa de la acción de un ser humano que deforesta, que caza, que transforma los bosques en pastos, que contamina.

O que, también cada vez más a menudo, sencillamente deja de cultivar una variedad o de criar una raza porque acaso se han mostrado poco rentables para un mercado cada vez más orientado a maximizar los rendimientos por hectárea y a concentrarse sobre las misma variedades y razas. El tema de las extinciones, de hecho, no solo afecta a las especies silvestres, sino también a plantas y animales seleccionados por los seres humanos. Sobre estas última especies, a través de diferentes proyectos, se concentra la labor de Slow Food: por ejemplo con el Arca del Gusto, un catálogo que recoge productos tradicionales en peligro de desaparición –no solo frutas, verduras y razas, sino también quesos, panes, dulces y chacinas- instando a todos a hacer algo para salvaguardarlos, o bien con los Baluartes, que sostienen a comunidades rurales en la labor de recuperación y promoción de variedades y razas tradicionales.

A través de esta labor Slow Food está reescribiendo el futuro de cultivos, animales y producciones tradicionales que constituyen una parte importante de la cultura de un territorio. Sucedió, por ejemplo, en el caso de la lenteja del Giura Svevo, cuyas semillas fueron redescubiertas en 2006 en el Banco Genético del Instituto Wawilow de San Petersburgo, y recuperadas por Mammel, un campesino-héroe, que la replantó en sus campos y animó a otros a seguir su ejemplo. Hoy, los cultivadores del Baluarte se han agrupado en una asociación que cuenta con más de 60 productores, la lenteja se comercializa en toda la región y cuenta cada vez con una mayor presencia en la cocina local.

Al igual que Mammel, son muchísimos otros los “defensores” de un futuro más rico, diferente y sano. Un futuro que solo se puede garantizar preservando la biodiversidad y defendiéndonos de los efectos de una agricultura cargante, que contamina el suelo y el agua y que apuesta por la homologación sin conseguir alimentar al mundo; de una economía que tiende hacia el crecimiento infinito sin tener en cuenta los límites de un planeta finito; de un crecimiento como un fin en sí mismo, que destruye la naturaleza y el tejido social y mantiene a la humanidad constantemente insatisfecha e infeliz.

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