Historias para celebrar 30 años de trabajo. Proyecto de huertos en Malawi: cómo cultivar el cambio

20 Nov 2019

 

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© Manvester Ackson

Los huertos florecientes de Slow Food en Malawi simbolizan más que la promesa de una comida nutritiva. En una tierra dañada por la sequía y las inundaciones, las enfermedades y el acaparamiento ilegal de tierras que dejó al 92 % de la población rural luchando contra la inseguridad alimentaria, estos huertos contienen esperanzas de reparación.

 

Iniciado por primera vez en 2010 bajo el nombre «Mil huertos en África», el proyecto tenía como objetivo construir huertos sostenibles en escuelas, pueblos y en las afueras de las ciudades en 26 países africanos para garantizar un suministro constante de productos frescos y saludables y fortalecer las economías locales. «Estos huertos han demostrado ser más económicos y sostenibles que la agricultura comercial que se practicaba antes. Como la mayoría se decantó por producir cultivos de alto rendimiento, las variedades locales no solo habían sido ignoradas, sino también rechazadas. Ahora hemos podido resucitar todo el proceso al dar preferencia a los cultivos locales. Esto también hace que las comunidades involucradas sean menos dependientes del mercado», afirma Manvester Ackson, Coordinador de Slow Food Malawi.

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© Manvester Ackson

Una condición previa básica para comenzar un huerto es la participación de la comunidad local, ya que la organización y el desarrollo del huerto dependen en gran medida del conjunto de habilidades de la comunidad. Aunque Slow Food proporciona equipamiento para iniciar el proceso, así como herramientas de jardinería y contacto con expertos, aprovechar los diversos conocimientos de la comunidad de base es clave para el éxito de un huerto. «Si bien los jóvenes son los que pueden llevar adelante este cambio, tenemos que confiar en el conocimiento tradicional de los ancianos porque no todo el mundo sabe cómo preparar platos locales. Afortunadamente, los ancianos intervienen formando a estos jóvenes aprendices sobre los cultivos indígenas y las formas de usarlos», dice Ackson.

 

Cuando ya se ha reunido un equipo, «identificamos un terreno para los huertos e intentamos elegir un lugar que no esté lejos del suministro de agua para que no tengamos que cubrir largas distancias en su busca. Luego construimos camas, que generalmente están separadas por 90 cm para dejar espacio para el riego», dice Moses Chigona, que forma parte de un equipo de 15 miembros en el pueblo de Katambo.

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© Manvester Ackson

Al principio, la creación de mil huertos buenos, limpios y justos también supuso trabajar la concienciación de los jóvenes para que apoyaran los principios de la biodiversidad y la soberanía alimentaria, y para que lideraran un cambio que repercutiera tanto en ellos mismos como en sus comunidades. Para lograrlo, las escuelas se pusieron en marcha. Hoy, casi un tercio de los huertos están en instituciones educativas y sirven como aulas al aire libre. «Además de educar a la generación más joven sobre los cultivos indígenas y de conservar las técnicas tradicionales de elaboración, el proyecto de los huertos escolares han conllevado un resultado inesperado: un aumento de las inscripciones. Muchos niños que habían abandonado la escuela, ahora que saben de la posibilidad de aprender a crear una comunidad sostenible y alcanzar la soberanía alimentaria, han comenzado a asistir a clases de nuevo», dice Ackson, que ha dirigido el proyecto en las escuelas de Malawi desde su inicio.

 

El gran alcance y el resultado favorable del proyecto hicieron que este se lanzara de nuevo en 2014 con más ambición. En esa ocasión, el objetivo era  cumplir con el marco del Año Internacional de la Agricultura Familiar 2014 (según lo designado por la FAO). Centrada en la creación de liderazgo indígena en África, esta sólida red de personas no solo está impulsada por un profundo sentido de comunidad, sino que también está comprometida con la soberanía alimentaria y con la protección y promoción de cultivos y de prácticas tradicionales, y proporciona una base sólida para un sistema alimentario sostenible que garantice que todo el mundo tenga comida en el plato.

 

Para Chigona, esta es la característica más destacada de los huertos Slow Food. «He estado involucrado con el proyecto durante siete meses y no hemos comprado verduras de fuera todo este tiempo. Somos capaces de alimentarnos a nosotros mismos y a nuestras familias con la comida que cultivamos. De hecho, a menudo vendemos productos que sobran para conseguir ingresos extra y comprar otros productos básicos».

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© Manvester Ackson

 

A medida que el proyecto aumentó en escala, también amplió su alcance para que se involucraran en él víctimas de prejuicios. En colaboración con la Comunidad de Saint Egidio (Dream), la Fundación Slow Food para la Biodiversidad implementó el projecto GRASS, un proyecto que empodera a las personas afectadas con VIH para que ellas mismas sean soberanas alimentarias y cuyo objetivo final es mejorar su salud para que puedan aprovechar las terapias que a menudo fracasan ante la desnutrición.

 

A través del proyecto, se han creado 30 huertos comunitarios sostenibles que producen diversos cultivos indígenas en los que se han involucrado 10.600 personas. Las comunidades también han celebrado días Terra Madre locales, eventos en los que han participado más de 300 miembros. «Estamos utilizando nuestro huerto como un huerto de demostración para que la comunidad pueda crecer y otros puedan aprender a hacerlos. También sería genial ver que los miembros construyen huertos caseros buenos, limpios y justos», dice Chigona.

 

Damini Ralleigh, 31 de octubre de 2019

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Este año es el 30 aniversario del Manifiesto de Slow Food, un momento importante en la historia de la organización y sus actividades. Para conmemorar la ocasión, hemos iniciado la campaña internacional 30 años del Manifiesto Slow Food: nuestra comida, nuestro planeta, nuestro futuro, que celebra nuestra historia y mira hacia el futuro del planeta. En las próximas semanas, destacaremos proyectos de nuestra red en todo el mundo que promueven alimentos buenos, limpios y justos para todos.

Apoyar Slow Food significa ayudar a financiar proyectos que empoderen a las comunidades locales, protejan la biodiversidad y hagan que la soberanía alimentaria sea una realidad para todos.

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