No todo es rosa en el paĆ­s de las gambas

Las gambas son uno de los productos del mar más populares en Estados Unidos, en Europa, en Japón y en tantos países asiáticos. Son el principal producto de la pesca comercializado a nivel internacional. En general, sin embargo, los consumidores desconocen que su pasión por las gambas genera graves problemas.

La mayor parte de las gambas que se consumen en los países desarrollados procede de países donde, a fin de construir instalaciones de icticultura en gran escala, se destruyen los ecosistemas de manglares. Esto es lo que sucede en India, Vietnam, Bangladesh, Sri Lanka, Tailandia, Indonesia, Filipinas, Brasil, Ecuador y Honduras.

En esas zonas se han abandonado las prácticas de pesca tradicionales, la biodiversidad se ha visto reducida en una medida preocupante y las costas han sufrido una grave erosión, deviniendo así mucho más vulnerables a los ciclones y a los tsunamis, mientras que las emisiones de CO2, que antes eran capturadas por las raíces de manglar, han aumentado sensiblemente.

La cría industrial de gambas se halla en plena expansión en Madagascar, Gambia, Tanzania y Mozambique, sin que se conozcan plenamente los riesgos para los ecosistemas locales. Se sabe, ciertamente, que compañías petrolíferas y otras multinacionales invierten masivamente en este sector.

Muchos de estos criaderos practican un uso intensivo de antibióticos, pesticidas y otros desinfectantes. Los enormes intereses en juego ponen en riesgo la correcta aplicación de eventuales reglamentos en la materia, que, de cualquier forma, no siempre existen.

Para evitar todo esto, sencillamente, dejemos de comer gambas provenientes de criaderos tropicales.