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Slow Fish - Le poisson bon, propre et juste
 
 

La sobrepesca


En los últimos treinta años el consumo de pescado se ha duplicado.
 

Las causas son múltiples: aumento de la población mundial; economías de escala ejecutadas por la pesca industrial (economías que no tienen en consideración los costes ambientales y sociales) que permiten un más amplio acceso a este alimento; incremento del poder de adquisición en los países emergentes; un mayor atractivo nutricional del pescado. Frente a la creciente demanda y a partir de los prodigiosos progresos tecnológicos del sector, la pesca se ha transformado en una colosal industria mundial que, si bien no cuenta con más allá de algún millar de naves industriales, está en grado de modificar radicalmente el equilibrio natural de los ecosistemas marinos, privando así a la naturaleza de la capacidad de renovar los recursos propios.

 

Los ambientes científicos, y asimismo los políticos (incluida la Banca Mundial que, en verdad, jamás se ha distinguido por sus tomas de posición en defensa de la naturaleza), reconocen unánimemente que el capital natural de la fauna marina, incluidos los peces consumidos por el hombre, sufre asaltos intolerables.

 

Según la FAO, más del 80% de las reservas de peces de las que existe disponibilidad de análisis y datos, están explotadas al máximo o sobreexplotadas. Aun sin estadísticas, todos los pescadores constatan que las capturas de pescados disminuyen a una velocidad alarmante.

 

El aumento de la potencia efectiva de la pesca no ha venido acompañado de incremento alguno en la producción mundial desde hace diez años. Por otra parte, el estancamiento, por no decir la disminución, de las capturas, enmascara una evolución de importancia capital: los peces de talla pequeña (incluidos los ejemplares no adultos) y las especies en el inicio de la cadena alimentaria –frecuentemente desechados por su escaso interés comercial- componen una parte creciente de lo pescado.

 

Y sin embargo, los gobiernos (sobre todo asiáticos, pero también europeos), con la ayuda de ruinosas subvenciones, siguen prestando su apoyo, hasta los límites de lo absurdo, a flotas industriales, que con frecuencia actúan sin control y cada vez más alejadas de las aguas nacionales.

 

Respecto de las dimensiones del planeta, hoy se hallan en función el doble de pesqueros de los que consentiría un desarrollo sostenible y armonioso del sector. Algunos de estos pesqueros son autenticas industrias en mar abierto: utilizan sonar, aviones y plataformas de satélite para localizar los bancos de peces, sobre los que se lanzan de inmediato con redes de deriva o palangres de bastantes kilómetros de longitud dotados de millares de anzuelos, y están en condiciones de tratar los pescados, congelarlos y embalarlos. Los pesqueros más grandes, que alcanzan los 170 metros de eslora, tienen una capacidad de almacenamiento en mar equivalente a varios Boeing 747. Las naves más grandes y más apartadas de la pesca sostenible son las de la ex URSS, especialmente de la Federación Rusa y de Ucrania, las que navegan bajo banderas de conveniencia como Belice o Panamá, o aun las naves piratas, sin bandera registrada, muchas de las cuales proceden de las flotas de la Federación Rusa, del Japón, de Belice, de Panamá y de Honduras.

 

El problema de la sobrepesca surge del hecho de que más allá de las primeras 200 millas náuticas que trascurren a lo largo del litoral de un país (zona de exclusividad económica de ese país), el acceso a los recursos no está reglamentado. De esta forma, quien dispone de una embarcación puede ir a pescar y explotar los recursos marinos. La Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos del mar (que entró en vigor en 1994), condiciona la libertad de pesca en alta mar a la disponibilidad de los Estados a cooperar entre ellos para garantizar la conservación y una sana gestión de las reservas ícticas, pero estas disposiciones actualmente no son sino buenos propósitos.   

 

Las consecuencias sobre la biodiversidad marina son evidentes: si la gestión de la pesca no cambia radicalmente, la diversidad marina sufrirá un empobrecimiento considerable, que, por otra parte, ya ha comenzado. Y no hay que olvidar que el “saqueo” industrial de los mares amenaza directamente a las zonas de pesca artesanal de las comunidades costeras, muy dependientes de los recursos ícticos.

Los organismos internacionales y regionales no consiguen limitar la capacidad y la intensidad de la pesca mundial. La debilidad de las instituciones es evidente: la práctica de la pesca pirata, ahora endémica, no es sino una triste prueba.

 

Será imposible invertir esta tendencia si no se reduce de manera drástica la intensidad de la pesca, obligando a parar a gran parte de la flota mundial, y si no se introduce el principio de precaución en las normas y en la legislación que reglamentan esta actividad. Existe ya un Código de Conducta para una Pesca Responsable, establecido por la FAO, pero falta la voluntad política para aplicarlo, una circunstancia cada vez más incomprensible visto que las empresas del sector quiebran a un ritmo incesante mientras el pescado continúa disminuyendo. 

 


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