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Slow Fish - Le poisson bon, propre et juste
 

Cómo ha cambiado el mar del Senegal


05/04/13

Fadiouth es una pequeña población que se alza sobre una isla formada por entero con caparazones marinos, a la que se puede llegar desde Joal (150 km al sur de Dakar) gracias a un largo puente de madera. Está habitada por la comunidad indígena de los seerer, que en el tiempo han desarrollado una cultura alimentaria punto de encuentro entre agricultura y pesca, entre región interior y mar: de hecho, son ellos los mayores productores de mijo sunnà, y viven de la agricultura y de la pesca en mar y laguna. Con el mijo lavado en el agua de ese mar las mujeres de Fadiouth producen un cuscús salado que es el resultado de una labor paciente y fatigosa. Un cuscús que se vende y se consume solo localmente, casi siempre fresco, y que se suele elaborar con una receta local en compañía de una salsa de flores de manglar, cacahuetes y carne o moluscos. Un cuscús que es Baluarte Slow Food desde 2011, como uno de los tantos ejemplos que hemos recogido en estos años de pequeñas economías que viven en armonía con los recursos naturales.


Desafortunadamente, Senegal ofrece muchos ejemplos justo del signo contrario. Esos mismos recursos, tan atentamente preservados por las comunidades locales, son, sin embargo, objeto de una depredación continua, en primer lugar por parte de las potencias europeas. No es un secreto que los mares del África occidental se hallan a punto del colapso: en estos años se han sucedido las denuncias en los medios de comunicación -quizás aún poco eficaces- por parte de organizaciones locales e internacionales. Denuncias que, no obstante, no han obtenido resultados concretos. La UE continúa satisfaciendo su propia solicitud de pescado sobreexplotando el mar senegalés, con el resultado de que el mercado íctico de Joal ha recibido en 2012 un 75% menos de pescados respecto de 2002. Un dato alarmante que induce a las organizaciones ambientalistas a declarar que, de continuar al ritmo actual, el año del colapso de la pesca senegalesa está cada vez más próximo: dentro de apenas 10 años los senegaleses podrían afrontar una crisis alimentaria sin precedentes.


«Hace años los ancianos salían a la pesca y todo lo que capturaban lo dividían con otras familias de la población. El pescado no se vendía habitualmente, y quien salía a pescar lo hacía para toda la comunidad. Navegaban hasta alta mar y cuando el pescado llegaba a la isla era de todos. En un tiempo no había pescador que regresara del mar sin portar pescado consigo. Era un bien para toda la isla, pero las cosas han cambiado, y ahora cada uno pesca solo para su familia y ya no hay bastante pescado para toda la comunidad; a veces se pesca lo suficiente para un vecino, pero no bastante para venderlo... ». Cyprien, un hombre alto de mirada intensa y ceñuda, coordinador del Baluarte del cuscús salado, describe con estas palabras la situación que ha llevado a su comunidad a dedicarse a actividades que integren los recursos, cada vez más escasos, derivados de la pesca.


De ello se hace eco Kharim, un pescador de sonrisa abierta que cuenta cómo la situación ha devenido cada vez más difícil con los años: «En un tiempo era más fácil, se pescaba a menos de 5-10 kilómetros de la costa y había mucho pescado. Ahora hay menos y, por tanto, nos vemos obligados a ir a 30 kilómetros de la costa para poder pescar algo. Ahora, en el mar senegalés hay barcos españoles, italianos, portugueses, rusos, que de senegaleses no tienen más que el nombre: están saqueando los recursos senegaleses, ocultándose tras los senegaleses». Y aventura una previsión aún más pesimista respecto del futuro del mar de Senegal. Según él, dentro de tres-cuatro años se habrá terminado todo.


Sus palabras nos ayudan a mejor comprender una ulterior amenaza que gravita sobre los pueblos africanos: el ocean grabbing, es decir, la depredación de los recursos ícticos por parte de potencias extranjeras que, durante demasiado tiempo, han observado África como un enorme banquete del que extraer a manos llenas, sin cuidado alguno por las consecuencias ambientales, y tanto menos por las consecuencias sociales de esta actitud criminal.


Slow Food, por su parte, continuará denunciando, trabajando junto a las comunidades locales en torno a proyectos que ofrecen grandes (y bellas) esperanzas, apoyando el compromiso político de personas como Haïdar El Ali, ministro para el Medio Ambiente comprometido en invertir el rumbo de un gobierno que durante demasiado tiempo ha malvendido sus recursos. «Aquí es posible», dice, «puedes transformar lo negativo en positivo. Este es el mensaje, esta es la oportunidad». Y de oportunidades creemos que el pueblo senegalés tiene necesidad. Y también tiene derecho.



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