La idea de cooperación y desarrollo de Slow Food se basa en una visión del alimento como motor del cambio.
Es un enfoque holístico que gira alrededor del alimento, pero que abarca muchas otras temáticas que, por lo general, se analizan de forma desvinculada: la biodiversidad, la protección del medio ambiente, la promoción de las comunidades locales, de sus tradiciones y de su cultura, y una retribución justa a los productores.
Proteger los productos alimentarios, las variedades vegetales y las razas animales significa para Slow Food proteger una comunidad.
Por eso se ha acuñado el término comunidad del alimento, para describir las múltiples actividades y profesiones vinculadas a la producción alimentaria. En ella se incluyen desde los guardianes de semillas, los cocineros, los campesinos, los pescadores, los silvicultores, los ganaderos hasta los expertos en agricultura y gastronomía.
En la actualidad existen comunidades del alimento en más de 130 países unidas en una red movida por la "cooperación".
Además de tener un papel fundamental en términos de seguridad y soberanía alimentaria, la tutela de los productos alimentarios locales tiene un profundo impacto social y cultural. Las microintervenciones de Slow Food en todo el mundo tienen un gran significado simbólico para cualquier comunidad. Sin duda, contribuyen a resolver situaciones problemáticas y de crisis y a producir resultados económicos, pero sus efectos son infinitamente mayores. Elevar el perfil cultural de un producto alimentario permite reconstruir el orgullo y la dignidad de quienes lo cultivan y lo transforman.
Además de garantizar dinero y soporte técnico, los proyectos de Slow Food permiten que el productor recupere la confianza y la motivación.