Kobane: un desafío ecológico para la humanidad

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En Kobane los huertos cultivados en 10 escuelas de municipios locales no son simples espacios de terreno: son símbolo de la libertad y el deseo de reconstruir aquello que durante demasiado tiempo han barrido la violencia y la guerra.

 

«Nuestra tierra es riquísima, de un color rojo intenso y un aroma especial después de la lluvia. Nos recuerda a la primavera que, cuando llega lluviosa, regala buenas cosechas de trigo, cebada y cereales». Estas son las palabras de un delegado del Ministerio para el Agua y la Agricultura de Kobane en referencia al proyecto de huertos en las escuelas locales, puestos en marcha también con la ayuda de Slow Food. Este ministerio se ha organizado según el modelo político de confederalismo democrático, basado en el autogobierno, la autodefensa, la ecología y la igualdad de géneros en un contexto de gran pluralismo étnico. De hecho, el Rojava, cantón que comprende a la ciudad de Kobane, no solo está habitado por el pueblo kurdo, sino por una confederación de pueblos. Nos encontramos en una región que día a día impulsa un nuevo modelo de convivencia social, donde la identidad se interpreta de manera inclusiva, y donde la solidaridad asume un papel central entre todas las etnias (árabes, asirios, armenios, chechenos, turcomanos) que habitan la región.

El pasado septiembre, durante la celebración de Terra Madre Salone del Gusto, nos encontramos con los miembros de la delegación de Kobane, entre ellos Berivan Al Hussain, una de los 7.000 delegados de Terra Madre provenientes de 143 estados, que nos explicó el compromiso propio para poner en marcha huertos en las escuelas de 10 pueblos y nos daba a conocer cómo se practica la agricultura en este rincón del mundo. Los huertos son mucho más que sencillos espacios de terreno: son símbolo de la libertad de un pueblo y de una tierra reconocida como la cuna de la civilización. Una libertad amenazada por las represiones del Isis, que ha destruido muchos pozos y ha minado los terrenos agrícolas causando la muerte de muchos campesinos.

El territorio de Rojava era rico en cultivos antes de la guerra. Ahora, tras la destrucción de los pozos, son muchas las zonas que acusan la falta de agua, aunque, no obstante, se consigue cultivar aquello que no requiere de mucho esfuerzo hídrico. Las técnicas seculares –que se remontan a los antiquísimos tiempos de las grandes civilizaciones desarrolladas en torno a los ríos Tigris y Éufrates- han permitido a la población local recuperar el uso común de las tierras. En algunos pueblos semidestruidos por la guerra, rodeados de prados verdes y vacas pastando en libertad, las familias ha decidido regresar y volver a ocupar las tierras liberadas de la violencia. Ahora el objetivo común es poner en marcha un proceso de profunda reconstrucción justamente a partir de la tierra, para volverla a hacer productiva, volver a alimentarse de sus frutos y devolver esperanza a los muchos sirios que aún viven en completa inseguridad.

«En las aldeas del entorno de Kobane fuimos acogidos por las Casas del pueblo, donde se reúnen las asambleas populares para discutir las necesidades y los problemas de la comunidad colectivamente. Los referentes de las escuelas interesadas en los huertos nos acogieron en sus casas para ofrecernos el çai (típico té kurdo de color rojo), antes de llevarnos a visitar los espacios que se van a dedicar al proyecto. La primera escuela se encuentra en Alpalor, las otras en las aldeas de Mnazi, Caracoil, Pender, Zalek, Talek, Kazine, Tel Hajeb… Los 10 huertos se convertirán en un laboratorio para el descubrimiento de la biodiversidad y el cuidado de la tierra para los enseñantes y los alumnos implicados».

img_0261Mustafá, anciano maestro de la escuela de Haleng, nos contó que esta escuela era frecuentada antes de la guerra por 1.000 niños; ahora son solo 600. «Motivar el contacto con la tierra a partir de los más pequeños es para nosotros fundamental. Hemos crecido en estas tierras y no hemos querido abandonarlas. Como pueblo de campesinos y ganaderos hemos cuidado las cosechas con nuestras técnicas milenarias desde siempre».

Las maestras cuentan cómo ha cambiado la situación después del final del régimen de Baath: en línea con el proyecto político de confederalismo democrático, las actividades escolares están ahora destinadas a promover la libertad de los niños y las niñas en todos los campos. Entre ellas figura la enseñanza de la lengua kurda, antes prohibida, y de la ecología como principio fundamental de la sociedad. Explican además cómo se desanimó el cultivo de los árboles frutales para favorecer el monocultivo de trigo. Ahora existe la voluntad de proyectar, en los alrededores de Kobane, el cultivo de higos, de granadas y de huertos para el consumo de las familias y de la comunidad.